Un trabajo del INTA Cuenca del Salado determinó que la alimentación de la madre durante la gestación influye en el crecimiento, la calidad de carne, la fertilidad y la salud de la descendencia. Los efectos pueden extenderse durante toda la vida del animal.

La influencia de la nutrición materna no se limita al crecimiento. Durante la gestación se forman la mayor parte de las fibras musculares y comienzan a desarrollarse las células grasas. Por eso, una alimentación deficiente en ese período puede reducir la masa muscular y afectar la calidad final de la carne. Trabajos realizados en bovinos muestran que la suplementación proteica y el acceso a pasturas de mejor calidad durante la gestación favorecen el desarrollo muscular, aumentan el rendimiento al gancho y mejoran la terneza de la carne.
Los efectos también alcanzan al futuro reproductivo de las hembras. “El desarrollo de los órganos reproductivos ocurre principalmente durante el primer tercio de la gestación”, explicó el especialista del INTA quien detalló que, si en esta etapa se produce una restricción nutricional, puede reducir la reserva folicular ovárica de las futuras vaquillonas. “Además, existen evidencias de que la suplementación durante el último tercio de la preñez permite obtener hembras más pesadas al destete y al inicio del servicio, además de mejorar los índices de preñez”, indicó Sebastián Lopez Valiente.
La salud de los terneros es otro de los aspectos alcanzados por la programación fetal. La nutrición de la madre influye sobre la producción y la calidad del calostro, el desarrollo del intestino del recién nacido y su capacidad para absorber anticuerpos.
Como consecuencia, “los animales nacidos de vacas que atravesaron restricciones nutricionales presentan mayor predisposición a enfermedades respiratorias y digestivas”, señaló Rodríguez, A., especialista de la Estación Experimental Agropecuaria Cuenca del Salado del INTA, quien agregó que, cuando la restricción ocurre en vaquillonas de primer parto, los terneros muestran una menor capacidad para producir calor inmediatamente después del nacimiento, lo que incrementa su vulnerabilidad frente al estrés por frío.
En la Argentina, una proporción importante del rodeo de cría enfrenta restricciones nutricionales durante el invierno, una etapa que generalmente coincide con la segunda mitad de la gestación. En algunos planteos esta situación responde a una estrategia para reducir costos de alimentación; en otros, es consecuencia de la menor disponibilidad de pasto.
Para los especialistas del INTA, la evidencia disponible obliga a ampliar la mirada sobre el manejo de la vaca gestante. “Ya no se trata solamente de asegurar buenos índices reproductivos, sino de comprender que las decisiones nutricionales durante esos meses también determinan el potencial productivo de la próxima generación”, explicó Rodríguez.
Aunque todavía quedan interrogantes sobre los mecanismos biológicos involucrados y su impacto económico, las investigaciones buscan aportar herramientas para optimizar la productividad de los sistemas de cría desde el inicio mismo de la vida del animal.
FUENTE: INTA

